miércoles, 20 de marzo de 2013

Ayy tu mirada..

Secretos esconde tu mirada. Mil para ser exactos. Los veo correr siempre entre tu iris y tu pupila mientras me dices que mi sonrisa ilumina al mundo. Hay dos tipos, esos que se te escapan y esos que sabes guardar. Estos segundos son los que a mí me gustan porque son aquellos que calla tu mirada cuando cierras los ojos y se rozan nuestros labios. En cambio a los primeros debo confesarte que les temo, porque son tantos que se mezclan, se entrecruzan, se revuelven y me dejan hecha un mar de inquietudes. Pero hoy me dispongo a sembrarte la duda, un poco de turbación y otro tanto de desasosiego porque ¿sabes? Mi mirada esconde mil uno.

viernes, 1 de marzo de 2013

Sabía que te quería.

Sabía que te quería. De eso estaba segura hace tiempo, incluso antes de que me hablaras por primera vez, pues en mi pequeño mundo sin lógica, el saberte existente en medio de los brazos de otra, el saberte feliz y jovial, el saberte poeta y músico fue más que suficiente para saber que te quería. La primera vez que lo supe fue aquella noche de enero en la que tu amada de entonces leyó en vos alta un pequeño panfleto que le habías dado ese mismo día pues era uno de recordar. Tus palabras eran tan cálidas que helaron mi corazón por un pequeño instante. No te conocía, solo te había visto algunas veces caminando por la calle, con tu look de quien escucha música pesada que incluso cierto miedo causaría. No sabía nada de ti, pero no fue sino leerte para saber que te quería. Los meses pasaron y te quise en secreto, creyéndome desmerecedora de tu amistad, de tu mero compañerismo. Te veía de lejos y solía suspirar en secreto para mis adentros. Y entonces llegó un día de cambio en el que me enteré de que algo había ocurrido en el corazón de aquella y que ya no eran nada más que recuerdos. Sentí la necesidad, la oportunidad, el deseo de aprovechar esa brecha en tu camino para acercarme y conocerte un poco más. Saber si el dueño de esas letras era un alma partida o una risa libre, de esas que lleva el viento. Me vi obligada a comenzar tan esperada conversación, con un miedo total. De tu rechazo, de tu indiferencia, de que simplemente no te agradara mi mera existencia. Pero me lancé al abismo cual animal que ataca a su presa. Todo sucedió muy normal. Yo solo era una persona más que entraba en tu vida. Como esas que vienen, se toman un tinto y luego se van. Igual a mí con eso me bastaba. Pero cuando creí que todo mejoraba una tormenta de felicidad y amargura te empañó el parabrisas. Aquella mujer de tez blanca, cabellos largos y lacios, labios rosa pálido, vos potente y melodiosa y personalidad arrolladora, como una tornado en medio de la llanura arrasó con todo a su paso dejándote vacío e impotente. Desde aquel primer momento en que se vieron estaba marcado que algo no volvería a ser igual. Se dejaron llevar por las emociones, por las sonrisas y las risas, hasta que en algún momento sus labios sellaron un pacto que para tu corazón sería mortal. Te hechizó cual bruja africana, madre de todos los saberes sin poderlo evitar. Yo mientras tanto observaba todo desde las sombras y era incapaz de odiarla a ella porque de cierta manera a mí también me había engatusado con su forma tan bella de alegrarle a uno la vida. Aún así y viéndome como un punto intermedio decidí lanzar los dados y ver como jugar mis cartas. Me convertí en cierto Hermes clandestino, que lo único que podía hacer era darte esperanzas de que las cosas mejorarían. Me convertí en tu cómplice, tu compañera, tu paño de lagrimas, tu confidente. Te leí llorar tantas noches que perdí la cuenta y a pesar de que me rompía en pedazos pequeños, con el paso del tiempo solo quería que fueses feliz, razón por la cual intentaba convencerla de que volviera a ti. El tiempo pasó y ella se enamoró, como muy pocas veces en la vida. No estaba escrito que sus caminos se encontraran, fue tan solo un tropiezo que barrio un pedazo de tu alma. Lo meses marchaban con lentitud y en tanto esto ocurrió yo había descubierto algo nuevo, algo diferente y distinto a todo. Un hombre que llenó de pasión y de querer mi ser pero que al final soló supo acabarme lentamente. Fue bello lo que duró pero el destino nos separaba con frecuencia y nosotros como seres rebeldes y obstinados seguíamos con nuestra jugarreta negándonos a lo evidente. Lo quise, es verdad, pero nunca fue eso suficiente. Las cosas estaban llegando a su fin. Yo había cometido algunos errores, el unos más y llegó ese momento que se repite unas miles de veces en la vida de cada persona cuando todo parece oscuro y sin vuelta a atrás. Me sentía triste y sola, el sol no parecía alumbrar, aún cuando yo abría mis ojos los más que podía e intentaba mirar al cielo con gran vehemencia. Así que de pronto apareciste de nuevo, mostrando cierto interés por mi pena y yo acepté tu compañía con gusto. Me contaste de como había aparecido por allí alguna chica ya hacía unos meses. Fue algo bello pero corto e igual así te sentías bien, pero que había cierto interés por una bella morena de finas curvas y vos majestuosa que habías conocido hace ya mucho tiempo. Ella era mi amiga. Al principio no me importó, la verdad solo deseaba gozar de la grata compañía que me brindabas  esa que le daba algo de luz a mi oscuridad. Te apoyaba, te aconsejaba, te ayudaba, como siempre hice y así fue como lentamente recordé que te quería. Las charlas se hicieron más frecuentes y mi ritmo cardíaco se empezaba a alterar más y más. Pero yo sabía que tú no sentías nada por mí y es que ¿por qué habrías de hacerlo? Pero uno nunca sabe como son las cosas con el destino y cuando menos piensas el sol sale más brillante. Soy de aquellas personas que creen que cuando las cosas van mal es porque vendrán mejores y así es que a mí me ocurrió. Eso que jamás creí, eso que solo parecía real en mis sueños más locos se vio aparecer por una esquina, como eso que quiere pero no está seguro de que deba ser. Entraste por la puerta de en frente, como el dueño de todo, para llevarte lentamente mi cordura y mi corazón.