sábado, 19 de enero de 2013

Tal vez fue la cafeína.

El hombre, al verse inmerso en una completa soledad, escribe. Por tristeza, por desolación, o simplemente por desahogo e inspiración. No es la soledad en sí, es la causa, la consecuencia, el por qué y el para qué. No nos damos cuenta de ella sino hasta que palpamos en el aire los sabores de lo amargo que se siente el no tener nada, porque es así, precisamente como se siente la soledad. Pero incluso entonces sin él no se escribiría, ¿no es verdad? Tal vez sí, pero no de la misma manera como lo hago yo hoy. Y es que es exactamente como me siento yo ahora. Ahora que solo queda polvo en el cenicero y el humo disipado de tu ausencia.
Éramos tan disparejos que era precisamente eso lo que nos hacía más cercanos. Tú, con tu olor a loción de Hugo Boss mezclada con un poco de alcohol y nicotina y yo, con un poco de hedor a transmilenio y perfume barato. Si algo puedo decir es que te amé de la misma manera en que te odié. Te amaba a ratos, esporádicamente, cuando por lo general era recíproco, así como aquella tarde en que te sentaste en mi sofá a tomarte un café con mucha cafeína mientras contabas las pestañas de mi ojo izquierdo. Sí, del izquierdo, el más pequeño de los dos. No, no del derecho. Del izquierdo. Todo porque creías que en la delgada línea que hay entre la pupila y el iris de ese, se encontraba la parte más pura de mi ser, la más inocente, esa que se confundía con la frescura de una madrugada frente al mar. “218” cantaste victorioso, con esa voz de pequeño infante que se acaba de encontrar una moneda en la calle. Siempre me pregunté por qué lo hacías, qué ganabas con eso, pero nunca lo dije en voz alta por temor a que te detuvieras. Pero había otras veces en las que simplemente te odiaba. Te odiaba con cada poro de mi piel, con cada vena de mi cuerpo, por la cual fluía sangre hirviendo de la rabia en medio del estupor de saber que podía llegar a sentir semejante sentimiento por ti. Como cuando te marchaste. Habías llegado en la tarde, estaba lloviendo y pude ver como por tus rizos casi perfectos escurrían gotas y más gotas sin parar. Yo no estaba de ánimo. El trajín del día a día me tenía consumida y salías con esos comentarios de que me haría vieja a los 40, así que simplemente nos recostamos. Tú a la derecha, en el borde de la cama, como siempre, porque tu maldito reloj interno te levantaba a mear justo antes de la madrugada, y yo en la izquierda, pegada a la pared. Jamás supe si lo hacía porque amaba el frío o porque quería hacerte sentir cómodo. Escuchar la lluvia me calma, me relaja, me desaparece, por eso cuando me desperté a las 7:15 am me sentí como el ser más negligente que haya pisado la tierra. Ni si quiera lo hubiese hecho sí no fuese porque sabía que amabas tomar café apenas te levantabas, con mucha cafeína, por supuesto, ya que qué sentido tenía que existiera si la mayoría de la gente la usaría para mantenerse despierto y no para disfrutarla. Pero el problema fue que esta vez solo había un espacio vacío. Te habías marchado sin despedirte y mis miedos escavaron en lo más profundo de mi memoria, recordándome que como otros antes podrías no volver. Así que descalza, en medio del aguacero salí a la calle. Se me empapó la cara, pero esta vez la razón no era la lluvia. Me arrodillé en el barro y sintiéndote perdido comencé a sollozar. Y fue en ese momento, en ese preciso momento, que te odié. Te odié porque me hiciste débil, porque me lo recordaste, cuando ya me sentía tan impenetrable como una roca. No te odié por haberte ido, te odié porque después de todo, la felicidad terminó convirtiéndome en dependiente. Te conocí en aquel bar donde recitaban poesía. Te gustaba Neruda, lo recuerdo bien. La pasión con la que escribía, mezclando la carnal con la de su propia patria. Me recitabas "El insecto" de memoria, de manera tan ferviente que no me creía que fuese escrito por otro. Solías susurrármelo al oído porque según tú era exactamente como te sentías hacia mí. Cuando llegaba al final, mientras leías, contabas las aberturas de mis dedos. Siempre. Como si te asustara que algún día dejaran de ser ocho. Independientemente de todo siempre me gustó tu forma de ser. Loca, libre, salvaje e indomable. En fin, eras un hombre de sentimientos y de pasiones. Y de café, demasiado café. Tal vez hubiésemos sido felices, tú queriéndome y yo dejándome querer porque si vamos a ser sinceros siempre fue así. Recostándonos bajo el césped solo por el placer de ver la copa de los árboles acariciados por el viento, haciendo ese tipo de cosas que a nadie le gusta hacer porque son tontas, estúpidas e infantiles. Recuerdo aquella vez que saltamos en la cama hasta que se rompieron las tablas. Ese día dormimos en el piso pero creo que jamás hasta hoy jamás he dormido tan bien. Después de aquella mañana lluviosa en la que te marchaste, no te volví a ver por un largo tiempo. Al principio solo creí que será como cuando estabas molesto por algo y queriendo escapar del mundo te ibas lejos. Pero pasó el tiempo y no volvías. Fue entonces que comprendí que te quería más de lo que imaginaba, más de lo que hubiese deseado, más de lo que podía soportar. Incluso llegué a añorar los momentos en los que te odiaba. Qué ilógico ¿No crees? Y después de ese tiempo de duelo te odié más que nunca, más que siempre. Me habías dejado sola y gracias a Linda, tu prima la que trabajaba en la tienda de zapatos, la eufórica, coqueta, que siempre me saludaba, me enteré de que estabas en la ciudad. Sí era cierto que te habías perdido del mundo por un rato, pero habías vuelto y me habías olvidado. Yo y mi maldito orgullo nos sentamos noches enteras a esperar que el estúpido teléfono sonara y ahora que estoy confesándolo todo te diré abiertamente que odio a esos objetos de mierda. Hoy es el día en que me levanto preguntándome qué hubiese ocurrido si no nos hubiésemos reencontrado. Quizá te hubiese olvidado y hubiese seguido con mi vida vacía y sin rumbo o quizá simplemente hubiese muerto de desolación, pero de cualquier forma no fue así. El día en que te encontré en el parque leyendo un libro de Caicedo, tú nuevo autor favorito, casi ni te reconozco. Estabas tan demacrado, vuelto nada. Y es que nada eras. Me senté y me contaste que aquella tarde te habían diagnosticado leucemia y que preferías irte, a que muriera contigo porque ambos sabíamos que así ocurriría. No ibas a luchar contra ello porque simplemente preferirías vivir al máximo el resto de tiempo y morirías a los 25, igual que "Andresito", como ahora le decías. Después de ello nunca me volví a mover de tú lado y tú creyéndolo egoísta no me lo impediste. Incluso en los peores momentos recuerdo que bromeabas diciendo que lo que teníamos era un amor como el de Angelita y Miguel Ángel, de adolescentes, fugaz y mortífero, pero vengo a entender ahora que por fin me digné a leer "Angelitos empantanados". Jamás recé para que mejoraras porque así como algunos creen en un dios, yo creo en la luna. No para que me ilumine y no me tropiece con las piedras, sino para aprender a navegar en las aguas turbias y mansas de un destino incierto pero que a fin de cuentas, sabroso es. Solo espero que si existe un cielo, en este momento los estés jodiendo a todos de la risa con tus ocurrencias, pero eso sí, que te prohíban tomar café como a ti te gusta, porque a mí nadie me saca de la cabeza que la razón de tu partida tal vez fue la cafeína.

No hay comentarios:

Publicar un comentario